No me parece que decir de una obra que me ha hecho llorar sea una buena crítica. Es más, es seguramente la peor de las reseñas posibles. Parece equipararla a uno de esos telefilmes lacrimógenos que llenan las tardes sabatinas.
Sin embargo, en el caso de Arrugas, de Paco Roca, la situación es muy diferente. Creo que es una descripción perfecta para una obra donde las lágrimas no llegan por una fácil provocación sensiblera, sino por el inteligente y emotivo despliegue de una sensibilidad exquisita en el tratamiento de una enfermedad tan dura y devastadora como el Alzheimer. Mientras que otros, la mayoría, podrían caer en el fácil recurso de dar pena al lector, en Arrugas se opta por una descripción tan bella como demoledora del proceso de pérdida de la identidad. Desde que Emilio, el protagonista, llega a la residencia, asistimos a una batalla de imposible victoria, en la que el anónimo enemigo destrozará aquello que nos convierte en humanos: nuestra memoria. Paco ha sido capaz de sintetizar el proceso degenerativo en apenas unas escenas esbozadas, evitando el morbo o la fácil lágrima para centrarse en unas ausencias que van creciendo a cada página, convirtiéndose en un terrible agujero sin fondo que absorberá a la persona. Un camino de discreción en el que, además, articula un bellísimo discurso sobre el ser humano, sobre la amistad y la necesidad de encontrar un apoyo aún en los momentos más extremos. Un discurso que automáticamente obliga al lector a bajar todas sus defensas, derrotado por una historia que nos golpea con la fuerza de un martillo pilón. De repente, entendemos el horror de una enfermedad que es capaz de diluirnos, de hacernos desaparecer dentro de nuestro propio cerebro. El cuerpo sigue ahí, presente y activo, pero la mente y con ella, el ser humano, se han perdido definitivamente. No hay ya más alma y queda sólo el recuerdo. Un recuerdo que, más terrible todavía, es la única huella de nuestro paso por el mundo y puede ser borrado con la misma sencillez con que lo fue la persona.
Es muy difícil, por no decir imposible, contenerse ante una obra como Arrugas. Paco Roca te desarma desde las primeras páginas, atrapándote en una espiral de olvido de la que es imposible deshacerse. Y cuando ya no podemos más, las lágrimas son el único recurso que tenemos para pedirle a Paco que deje de tocarnos el corazón, que no queremos reconocer que lo que estamos leyendo es la vida. La real, la que posiblemente vivamos en carne propia o cercana.
Una obra que admite sin problemas el calificativo de extraordinaria y que no me cansaré de recomendar, tan dura como bellísima. Un ejercicio de lectura necesario para demostrarnos que seguimos siendo humanos.
Me va a resultar muy difícil decidir cuál será el mejor tebeo del año: este Arrugas de Paco Roca o 36-39.Malos tiempos, la nueva obra de Carlos Giménez sobre la guerra civil española (aviso, contundente y brutal).
FICHA TÉCNICA
Arrugas, de Paco Roca. Astiberri. Cartoné. Color. 100 págs. 15€

Leyendo A.D.A., Agencia de
Detectives de la antigüedad, el álbum de de Lapone, Vanloffelt y Hautière editado
por dibbuks, uno tiene la curiosa sensación de haberse introducido en una máquina
del tiempo que le llevara a los 80, a las épocas del Metal Hurlant, los Clerc, Chaland
y Benoit y sus historias de género de aventuras al mejor estilo de Hergé y
Franquin, pero tocadas de una buena dosis de sarcasmo e ironía. Con confesa
devoción hacia esos autores, A.D.A es un una obra fresca, divertida y
desvergozada, una alegre y jovial contribución al género de arqueólogos
aventureros al mejor estilo Indiana Jones, pero con personalidad propia. Al
igual que Jacobs jugaba con el enfrentamiento entre Blake y Mortimer, los
autores usan aquí un recurso tan universal como el contraste entre el refinado
Belzoni y el atrevido Carter, dos arqueólogos que deciden colaborar tras la
búsqueda de la tumba del desconocido Ramtsis II. Malos malosos que quieren
dominar el mundo, exotismo, bellas mujeres... y homenaje de Chaland a raudales, en un cóctel que no busca más que
lograr la sonrisa del lector. Y la consigue, sobradamente, logrando que le perdonemos muchos de las inconsistencias argumentales o algunos defectos narrativos, quizás por esa mirada del homenaje nostálgico a un autor que muchos amamos profundamente.
Pocas veces me he sentido tan sorprendido al leer un tebeo
como cuando leí la primera obra de Aurelia Aurita publicada en nuestro país:
Fresa y Chocolate. Una obra de sencillas ambiciones, que argumentalmente no hacía
más que surcar caminos tan trillados como la descripción de un amor, pero que derrochaba
tal cantidad de frescura y desvergüenza que rompía todos los esquemas
preconcebidos que se pudieran tener. Aurita demostraba una sinceridad arrebatadora,
que desarmaba cualquier intento de análisis para convertir la lectura en un
ejercicio de complicidad con la autora, una especie de cita con una amiga a la
que hace tiempo que no vemos y que nos tiene que poner al día de su feliz
encuentro con el amor, con la que compartimos confesiones, que nos hablaba de
su vida sexual de forma explícita, pero sin que en ningún momento sonase pornográfico,
es más, nos lo explicaba como una celebración del amor que nos contagiaba automáticamente
la alegría por la felicidad de nuestra amiga.
Sin duda, una de las colecciones más sugerentes que ha
publicado en los últimos tiempos la editorial francesa Casterman ha sido
Curiosamente, Miriam Katin y Bernice Eisenstein coinciden en
sus dos obras en el recuerdo del terrible holocausto nazi, pero desde dos
experiencias personales radicalmente opuestas: la de quien lo ha vivido en
primera persona y la de aquélla que sólo tiene los relatos y los recuerdos de
otras personas. Así, Por nuestra cuenta,
de Miriam Katin (Ponent Mon) es un relato visceral y emotivo, en el que la
autora relata cómo su madre y ella, todavía una niña, escaparon de la
persecución nazi en Hungría. Especializada en libros infantiles, Katin consigue
plasmar la atroz experiencia desde la perspectiva ingenua de una niña,
consiguiendo un brutal contraste con la dureza de las situaciones testimoniadas,
que se traduce en un relato de emociones puras. Ingredientes perfectos para que
sea el lector el que construya una reflexión posterior, en una estructura que
recuerda sobremanera –incluso gráficamente- a la magistral Cuando el viento
sopla de Raymond Briggs, pero que chocan muchas veces con la sobreinformación
que muchas veces padecemos sobre este tema. Tras obras como Maus o las
recientes aproximaciones cinematográficas de Spielberg o Polanski, la visión de
Katin parece no aportar nada nuevo a lo que ya sabemos. Una
sensación que
difícilmente se da con Fui hija de
supervivientes del holocausto, de Bernice Eisenstein (Random House
Mondadori), una compleja obra que intenta reconstruir el pasado a partir de los
relatos y actitudes de los padres de la autora. Éstos, supervivientes de los
campos de concentración, eluden en todo momento las referencias a lo que
sufrieron, por lo que la autora comienza una labor de investigación casi
forense, en la que cualquier pequeño detalle es parte de un gigantesco puzzle
que está dispuesta a resolver. Eisenstein consigue ir más allá de las impresiones
de la memoria, intentando buscar que hay atrás de esos pequeños momentos
aislados que recordamos, buscando las conexiones y las consecuencias de
aquellos horrores que se vivió años atrás. Una obra fascinante que, eso si, no
es exactamente una historieta, sino un relato que hace uso profuso de la
ilustración. Aunque a veces pueda recordar a la hibridación de medios que
realiza Possy Simmonds, lo cierto es que en este caso el relato literario es el
que lleva la fuerza de la narración, con momentos aislados donde la ilustración
interactúa con él para obtener un mayor impacto.
Esas cosas, de
Julian Neel, se centra en la relación de un hombre con su padre moribundo,
alternando continuamente entre dos momentos temporales: el presente, y aquél
donde su padre tuvo que aceptar un denigrante trabajo de actor publicitario,
escondido tras un molesto disfraz de osito de peluche. Una obra amable, que
intenta deambular por esos caminos de la memoria que construyen el recuerdo de
una persona y que, en este caso, obliga a una referencia constante a la
magistral S. de Gipi. Los
paralelismos entre ambas obras son obvios, pero las diferencias, abismales. Lo
que en la obra de Gipi es una complejidad que da lugar a un fascinante retrato
de la memoria y de las relaciones paterno-filiales, en la aportación de Neel
se convierte en un sencillo relato lineal, donde el único atrevimiento se
centra en el uso continuo de los flashbacks. Donde allí hay reflexión y desafío,
aquí sólo hay testimonio y conciliación. No es, desde luego, una obra
desdeñable, pero sus resultados llegan poco más allá de un benévolo retrato del
amor a un padre.
Por último, Historias
del olvido, de Javier de Isusi y Luciano Saracino (Dolmen) explora
precisamente el territorio que deja la memoria al desaparecer: el del olvido.
Una muy ambiciosa historia en el que los guionistas parten de una compleja
disposición estructural, en la que diferentes personajes y situaciones
interactúan entre sí para componer una metáfora de esa pérdida del recuerdo. Hombres que
cuidan a su padre enfermo de Alzheimer, pueblos enteros que padecen crónicos
olvidos… Historias que nos llevan de lo personal a lo simbólico en un camino
donde realidad y el mundo que nace del olvido van mezclándose sin orden ni
concierto. Un atrevido intento de remedar la profunda conexión de los recuerdos
a la par que la aletoriedad de la memoria, pero que nunca llega a conseguir
cuajar plenamente. Ya sea por el uso de distintos autores para las diferentes
historias (en general, a un excelente nivel gráfico) o por la dificultad
de lograr un aglutinante perfecto para
todas ellas, lo cierto es que el volumen nunca llega a alcanzar la homogeneidad
necesaria. Hay momentos aislados de indudable fuerza (como la bonita historia
de Rubín o los episodios del pueblo de Funes), pero el conjunto nunca llega a
funcionar en su totalidad. Un resultado fallido, pero se agradece profundamente
que autores y editores se lancen a proyectos tan ambiciosos y complejos como
éste. El sólo intento ya merece una mirada mucho más condescendiente, que
perdone los errores a favor de los indudables aciertos.
Una definición que
se aplica también a Midnight Nation,
una miniserie realizada junto a Gary Frank que Norma publica ahora en un lujoso
volumen recopilatorio. El guionista hace un curioso batido de clásicos de la
literatura e influencias televisivas - que van desde la Divina Comedia de Dante
hasta el mito de Orfeo y Eurídice, pasando por series modernas como Buffy Cazavampiros
(es imposible no ver la referencia al sugerente episodio Out of mind, out of sight de la primera temporada) o Brimstone -, para
contar la historia de un policía que debe tomar un largo camino para conseguir
recuperar su alma. El resultado es un tebeo entretenido, sin duda, pero al que
se le ven con facilidad las costuras. Straczynski toma acertadamente la estructura
clásica de la novela de carretera, del “roadtrip” de Kerouac –con todas las
distancias- en el que el protagonista se debe enfrentar a un viaje iniciativo interno,
pero falla al simplificar el desarrollo del protagonista, que se queda en
exceso plano y previsible. Los trucos de la televisión son prácticos para
conseguir que la lectura sea fluida, pero evitan en este caso que el guionista
pueda ahondar en la complejidad de sus personajes. Sirva como ejemplo de uso
brillante de esa estructura la genial reconstrucción personal y social que
aborda Peter Milligan en la saga The road de Shade the changing man.
Pese a que The Forty Niners puede pasar como una de las
obras menores de ese genio de los tebeos que es Alan Moore, el simple hecho de
que este señor firme el guión obliga a una lectura pausada y atenta que nos
permita descubrir todo lo que hay tras las apariencias. Y aunque a simple vista
uno encuentra un delicioso pastiche que traslada la sensacional Top Ten a la
década de los cincuenta (impresionante la labor de Gene Ha para conseguir una atmósfera perfecta), Moore vuelve a lanzar impresionantes cargas de
profundidad que merecen análisis y reflexión reposada. Con la excusa de contar
el origen de Neópolis y de la famosa comisaría de policía superheroica de Top
Ten, Moore se lanza a desarrollar toda una metáfora del cambio que sufrieron
los tebeos americanos en los años 50, enfrentando a los superhéroes contra el género
de terror y los clásicos bélicos (representados perfectamente por los
Blackhawk) previos a ellos. A lo largo de todo el libro, Moore deja pequeños
guiños y notas para el lector avezado, que demuestra su genio y profundo
conocimiento de la historia del comic-book. Los superhéroes y los vampiros (¿o
deberíamos decir la DC y la EC?), son centralizados y controlados por el gobierno,
concentrados en una ciudad, en un destierro que arrastra a todos los personajes
de cómic. Una perfecta descripción de lo que ocurrió en los USA a finales de
los 50 con la implantación del Comics Code tras la famosa intervención de Frederick
Wertham: los tebeos son criminalizados y sus personajes son condenados al
escarnio, obligados a cumplir un código absurdo. El mismo ridículo que
presentan los personajes clásicos dedicándose a las tareas más rutinarias del día
a día. Una situación que obligó a los géneros a competir entre ellos: los
tebeos de horror de la EC, principales damnificados de la situación, vieron como
un género de superhéroes infantilizados comenzaba a tomar sus puestos. No hay
vuelta al pasado posible, como parece indicar Moore: el futuro será de los
superhéroes. En ese camino, el cómic de prensa, el tebeo de clase alta, la créme
de la créme de la historieta que durante los años 30 y 40 se había distanciado
del “vulgar” comic-book, avalado siempre por la elite intelectual, se ve
arrastrado por sus toscos hermanos menores. Moore no deja dudas al respecto,
con decenas de guiños a personajes clásicos que han perdido su condición: desde
Li’l Abner hasta los Jiggs y Maggie de Bringing up father, pasando por Popeye, Búster
Brown, Yellow Kid, Kantzejammer Kid’s y casi todos los superhéroes de la Golden
Age.
Un
currículum en el que, a priori, parece encontrar difícil acomodo la, me atrevería
a decir, burguesa práctica de los cuadernos de viaje. Pero mire usted por
donde, de Crécy agarró su mochila, sus lápices y sus rotuladores y se dio un
garbeo por tierras japonesas y brasileñas. Y como era de esperar, el resultado
es cualquier cosa menos un fetichista conjunto de postalitas, los miles de
kilómetros viajados se condensan en Diario de un fantasma como una especie de
apócrifa memoria, en la que dibujo y dibujante se mezclan sin solución de
continuidad. Un comienzo en visión subjetiva (que no me resisto a ver como un
claro homenaje a la maravillosa Senda tenebrosa que protagonizara Bogart) nos
va introduciendo en su particularísima visión, donde el dibujante desaparece
inicialmente para dar entrada tan sólo a su trazo y estudiar cómo afecta el
entorno a su estilo. Enfrenta su dibujo bien afianzado en el arte europeo con
una civilización distinta, el manga, la agresiva publicidad. Y aquél,
transformado en forma viviente fantasmal, comienza a evolucionar y mutar,
influido y alimentado por lo que ve. Poco importa la mano que dibuja, sólo
tiene sentido el arte, el dibujo. De Crecy hace testimonio de lo que ve, pero
también acerado y mordaz análisis, jugando a la doble baraja de la reflexión y
el documental. Un camino que sólo tiene un final: el enfrentamiento del propio
dibujante con su obra. Primero, amablemente, nos ha dejado ver sus argumentos y
experiencias, pero es de lógica que al final deba ser el propio autor el que
defina dónde va su dibujo. Y en un delirante diálogo entre obra y autor, asistimos
fascinados a uno de los enfrentamientos más alucinantes que el tebeo ha dado.
Un combate entre gigantes donde debe decidirse si es el autor el que crea la
obra o si, finalmente, es la obra la que elige a su autor.
Tras su paso por el género de piratas con esa maravilla del tebeo moderno que la saga de Isaac el Pirata, sigue su experiencia en solitario de los géneros, volviendo al western que ya experimentara de la mano de David B con Hiram Lowatt y Placido Dans. Abandona las componentes fantásticas tan del gusto del creador de La ascensión del gran mal para abordar diferentes episodios protagonizados por trío de (¿rudos?) atracadores de bancos, más preocupados por su vida sentimental que por el éxito de sus golpes. Como ya hiciera en Isaac, las mujeres vuelven a ser protagonistas absolutas de la obra, convertidas en buscado anhelo de Gus, Clem y Gratt, que irán mostrándonos sus diferentes desventuras amorosas. Pero esta vez Blain se sumerge completamente en el s. XIX, plantea sus historias desde una deliciosa ingenuidad, siempre mezclada con gotas de picardía al mejor estilo de ese convulso paso entre siglos, pero también con una soterrada mirada triste más propia del estilo consolidado por la nueva generación de autores franceses. Una compleja mezcla que es todavía más evidente en el estilo gráfico, donde Blain demuestra su camaleónica capacidad: toma su personal grafismo y lo matiza con toques de los ilustradores y caricaturistas del XIX. Deforma las figuras buscando la máxima expresividad gestual, siguiendo el ejemplo de autores como A.B. Frost (con algunos toques de Töpfer - aunque sea anterior, sí- y seguidores), crea escenas que recuerdan las ilustraciones de los libros históricos de la época y, por último, compone secuencias que recuerdan la acción acelerada y exagerada del slapstick del primer cine mudo. Un esfuerzo que se contagia al lector, perfectamente inmerso en ese espíritu de época, pero perfectamente atento a los guiños del autor. Un álbum que se disfruta completamente, desde la primera a la última página, donde quizás el único pero que le pueda poner es el trabajo de su habitual colorista Walter, que hace uso de una paleta agresiva más próxima al tebeo moderno (hay mucho del color clásico de series de Jijé o Morris), alejando el dibujo de Blain de lo que parece su intención inicial. En cualquier caso, un pero intrascendente y, posiblemente, en exceso personal, que en modo alguno impide disfrutar de su lectura.
Y, en el otro extremo, el segundo volumen de Sócrates el semi-perro, Ulises. Blain vuelve a metamorfosearse y es absolutamente imposible no ver en la obra el estilo de Sfar, su guionista. De nuevo su estilo es plenamente identificable, pero toma matices, pequeños detalles como la composición de la página, la disposición de los bocadillos, la forma de algunas figuras… apenas perceptibles, pero que hacen reconocible el álbum como una obra de Sfar. Pero no renuncia nunca a su propio estilo, demostrando en todo momento que es Christophe Blain el que está tras los lápices (es imposible no reconocer ese trazo nervioso y vigoroso de sus tintas). Una mezcla que hace la obra tremendamente atractiva desde el punto de vista gráfico, a lo que hay que añadir uno de esos guiones que firma Sfar cuando se encuentra en estado de gracia. Si en el