Más o menos la cosa es así: manga si son japoneses, manhwa si son coreanos y manhua si son chinos. Y, con seguridad, los países orientales faltantes en este corto listado disponen de algún término comenzado en “man” y acabado en “a” que identifica unívocamente lo que todos conocemos como tebeos. Cosas de la globalización, que nos obliga a ponernos al día de esto de los idiomas, ya se sabe. El caso es que, por desgracia, solemos meter en el mismo saco a todo tipo de tebeos que provengan de países asiáticos, en muchos casos un único saco de ignorancia o, peor, de desprecio peyorativo, olvidando que la única causa común que tienen todos ellos es la de la historieta. Pero si conseguimos saltar la terrible y espinosa empalizada de los prejuicios, lo cierto es que el invasor tebeo asiático es un excelente escondrijo de autores sorprendentes y de nuevas ideas. Es más, si nos centramos un poco, pronto veremos que las diferencias entre los diferentes países son profundas, desde las propias temáticas hasta los recursos narrativos usados.
Sirvan como ejemplo tres tebeos coreanos recién llegados a nuestras librerías. El primero, publicado por La Cúpula, es Gato Z de Byun Ki-hyun, una curiosísima revisión de los mitos infantiles. El autor juega con el lector a través de un extraño personaje, disfrazado de un popular héroe de tebeos infantiles, el superhéroe Gato Z, pero del que descubriremos poco a poco que quizás esconde secretos muy poco comunes a los trabajadores disfrazados de los parques de atracciones. El segundo, también publicado por La Cúpula, La luna entre las nubes, de Park Heun-Yong es el clásico relato oriental de la formación del espíritu a través de las enseñanzas de un viejo luchador ciego (con referencias obvias a al Zatoichi de Kitano). Por último, El Gran Catsby, de Doha (Glénat ediciones) es una reescritura de la inmortal obra de Scout Fitzgerald en términos modernos y… gatunos. Tres obras muy diferentes, pero que coinciden en marcar acusadas diferencias respecto al manga, tanto desde sus aproximaciones temáticas como formales. Así, en los tres casos encontraremos una narrativa muy distinta a la que estamos habituados. Frente a la exageración “decompresiva” del manga, con largas e interminables escenas que se suceden a lo largo de decenas de páginas, el manhwa resulta mucho más cercano a la historieta occidental, con escenas más cortas y una narración más sintética, pero que se diferencia de ésta por un ritmo casi sincopado, en el que el relato se corta de forma
abrupta para seguir después sin apenas cambios. Acostumbrados a una linealidad atávica en nuestra historieta, estos cambios imprevisibles son muchas veces complejos de seguir para el lector occidental, que debe esforzarse por entrar en historias donde se requiere una colaboración mucho mayor por su parte. Un esfuerzo al que hay que añadir una mayor oscuridad temática, mucho más tortuosa en sus planteamientos, a veces imperceptible.
Buen ejemplo puede ser la segunda de las obras comentadas, donde la relación entre el joven e impetuoso Kyonju y el ciego Hwang Chong-ha se va construyendo en segundos planos, a partir de las reflexiones de los protagonistas derivadas de episodios aislados. No hay miedo a la ruptura de las líneas temporales y lógicas, pero tampoco a planteamientos complejos. Las referencias a Zatoichi pueden parecer obvias, pero pronto se diluirán ante una separación profunda entre concepciones.
Por su parte, Byun Ki-hyun va jugando con el lector, ocultándole la realidad de Gato Z y dejando pistas que pueden ser tan evidentes en unos casos como absurdas en otros, en un continuo zarandeo del lector entre realidad y ficción que consigue lo increíble: la tensión de un relato de intriga a partir de un personaje que no deja de ser un peluche gigante. Un cuidadísimo dibujo es además perfecto vehículo de contraste, recordando a veces los irónicos planteamientos de Michael Paulus.
Quizás en ese sentido el más próximo a la concepción temática y argumental occidental sea Doha, que transforma al millonario Jay Gatsby y la joven Daisy en el mísero Catsby y la bella Persu, dos jóvenes gatos humanizados que, como los protagonistas de la novela, tienen que vivir una historia de amor imposible. Si Daisy caía en los brazos de Buchanan, Persu hará lo propio en los del temible Hound, creando el escenario perfecto para un drama sobre la soledad y el amor, pero que es capaz abordarse conjugando una puesta en escena minimalista con un cuidado dibujo caricaturesco. Doha se revela como un perfecto catalizador de sentimientos y sensaciones, que son explorados con ternura y amabilidad, pero sin evitar caer en la dureza en muchos momentos.
Tres tebeos muy diferentes, pero que dan una excelente muestra de las ricas diferencias entre culturas que se trasladan, lógicamente, a la forma de entender la historieta.