Me atrevería a decir que Jacques Tardi sólo tiene dos obsesiones: París y el folletín. Es cierto que la primera guerra mundial ha sido tema reiterativo en muchas de sus obras, pero su tratamiento más “serio” y comprometido le resta la frescura y el sanísimo punto de sarcasmo continuado que imprime a otras obras, desde la maravillosa saga de Adéle Blanc Sec (esperando estoy su nueva entrega) hasta sus siempre interesante aproximación al polar, el género negro “a la francesa”. Si Adèle es la mejor plasmación de su amor por el folletín, sus historias de género, ya sea con Leo Malet o con Manchette, son un homenaje irredento a París, que se erige en el gran protagonista de las obras, omnipresente en unos cuidados escenarios que forman ya parte de su estilo. Sólo hay que fijarse en su puesta en escena para darse cuenta de la importancia que adquiere la ciudad, con encuadres repetidos donde la figura
humana queda relegada a un segundo plano, cediendo la palabra a las calles y recovecos. Es posible que, para muchos, la narrativa de Tardi sea rutinaria y falta de garra, en exceso clónica. Y es indudable que así es a primera vista pero, a cambio, consigue dar sentido al concepto de historieta urbana, yendo más allá del simple cuidado en la documentación, consiguiendo que la ciudad sea un personaje más de sus obras, dotándolas de un estilo inconfundible.
Sin embargo, es curioso cómo su amor por el folletín, eje básico de toda la saga de Adèle Blanc Sec, y el polar, han discurrido en caminos paralelos, influidos entre sí y con préstamos continuados, pero separados. Extensas trayectorias que se unen por fin en El Secreto del Estrangulador, todo un ejemplo de la inmensa capacidad de Tardi para reelaborar una novela de género de Pierre Siniac en un homenaje irredento a los mecanismos del folletín decimonónico que empapan las historias de Adèle Blanc Sec. Y lo hace, además, con su habitual sarcasmo e ironía, casi autoparódico, que en este caso se plasma en una divertida y lúcida reflexión sobre el propio mecanismo interno del ser humano que le lleva a apasionarse con el morbo folletinesco. Una inmersión en el proceso de creación de un asesino en serie que juega con todos los tópicos del género para reescribirlos y darles una nueva perspectiva.
Por desgracia, en la edición española se pierde una parte importantísima de la obra, que no sólo está concebida en sus contenidos, sino también en su forma. Originalmente, El secreto del estrangulador apareció como cinco entregas mensuales en formato periódico sensacionalista, que iban dando cumplida cuenta de las noticias relacionadas con los terribles asesinatos del estrangulador. En ese formato, Tardi consigue redondear un juego de espejos completo, en el que forma y fondo se interralacionan entre sí para engañar al lector totalmente. Norma editorial ha optado por publicar en España la edición recopilatoria que acaba de sacar Casterman en Francia. Una edición cuidada y de gran calidad, con la que se puede gozar muchísimo de la obra, pero que no permite obtener el 100% de lo buscado por el autor en esta magnífica obra.
Atentos a los finales “extra”, divertidísimos (eso sí, lo de dejarlos sin guillotinar para que el lector los abra, una chorrada inmensa por parte de los autores).
FICHA TÉCNICA
El secreto del estrangulador, de Tardi y Siniac. Norma Editorial. Cartoné. 96 págs. BN. 15€

Según el texto promocional: "Este álbum es una invitación para iniciar un romance con lo que nos
rodea. No se trata de una historia, sino más bien de crónicas poéticas.
La aventura es ante todo la de una mirada que interroga a todo lo que
se encuentra aquí mismo, delante nuestro, delante tuyo, Ante tus ojos.
Sirvan como ejemplo tres tebeos coreanos recién llegados a nuestras librerías. El primero, publicado por La Cúpula, es Gato Z de Byun Ki-hyun, una curiosísima revisión de los mitos infantiles. El autor juega con el lector a través de un extraño personaje, disfrazado de un popular héroe de tebeos infantiles, el superhéroe Gato Z, pero del que descubriremos poco a poco que quizás esconde secretos muy poco comunes a los trabajadores disfrazados de los parques de atracciones. El segundo, también publicado por La Cúpula, La luna entre las nubes, de Park Heun-Yong es el clásico relato oriental de la formación del espíritu a través de las enseñanzas de un viejo luchador ciego (con referencias obvias a al Zatoichi de Kitano). Por último, El Gran Catsby, de Doha (Glénat ediciones) es una reescritura de la inmortal obra de Scout Fitzgerald en términos modernos y… gatunos. Tres obras muy diferentes, pero que coinciden en marcar acusadas diferencias respecto al manga, tanto desde sus aproximaciones temáticas como formales. Así, en los tres casos encontraremos una narrativa muy distinta a la que estamos habituados. Frente a la exageración “decompresiva” del manga, con largas e interminables escenas que se suceden a lo largo de decenas de páginas, el manhwa resulta mucho más cercano a la historieta occidental, con escenas más cortas y una narración más sintética, pero que se diferencia de ésta por un ritmo casi sincopado, en el que el relato se corta de forma
abrupta para seguir después sin apenas cambios. Acostumbrados a una linealidad atávica en nuestra historieta, estos cambios imprevisibles son muchas veces complejos de seguir para el lector occidental, que debe esforzarse por entrar en historias donde se requiere una colaboración mucho mayor por su parte. Un esfuerzo al que hay que añadir una mayor oscuridad temática, mucho más tortuosa en sus planteamientos, a veces imperceptible.
Quizás en ese sentido el más próximo a la concepción temática y argumental occidental sea Doha, que transforma al millonario Jay Gatsby y la joven Daisy en el mísero Catsby y la bella Persu, dos jóvenes gatos humanizados que, como los protagonistas de la novela, tienen que vivir una historia de amor imposible. Si Daisy caía en los brazos de Buchanan, Persu hará lo propio en los del temible Hound, creando el escenario perfecto para un drama sobre la soledad y el amor, pero que es capaz abordarse conjugando una puesta en escena minimalista con un cuidado dibujo caricaturesco. Doha se revela como un perfecto catalizador de sentimientos y sensaciones, que son explorados con ternura y amabilidad, pero sin evitar caer en la dureza en muchos momentos.



