Tiempo hacía que no recibíamos la obligada y necesaria razón de absurdo surreal con que el portugués Jose Carlos Fernandes nos deleitaba periódicamente. Un terrible trauma psicológico que la editorial Devir solventará en breve con la aparición de la sexta entrega de La peor banda del mundo, los archivos de los prodigioso y lo paranormal. Una excelente oportunidad para disfrutar del particularísimo universo de este autor, influenciado tanto por Borges como por Ben Katchor (¿cuándo publicarán a este magistral autor en castellano?). Además, la editorial portuguesa aprovecha el próximo estreno de la versión cinematográfica de 30 días de noche para reeditar toda la serie de Steve Niles y Ben Templesmith. Una idea excelente, un guionista incompetente, qué se le va a hacer. Esperemos que la película resuelva todos los problemas que tiene este tebeo.
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Leyendo A.D.A., Agencia de
Detectives de la antigüedad, el álbum de de Lapone, Vanloffelt y Hautière editado
por dibbuks, uno tiene la curiosa sensación de haberse introducido en una máquina
del tiempo que le llevara a los 80, a las épocas del Metal Hurlant, los Clerc, Chaland
y Benoit y sus historias de género de aventuras al mejor estilo de Hergé y
Franquin, pero tocadas de una buena dosis de sarcasmo e ironía. Con confesa
devoción hacia esos autores, A.D.A es un una obra fresca, divertida y
desvergozada, una alegre y jovial contribución al género de arqueólogos
aventureros al mejor estilo Indiana Jones, pero con personalidad propia. Al
igual que Jacobs jugaba con el enfrentamiento entre Blake y Mortimer, los
autores usan aquí un recurso tan universal como el contraste entre el refinado
Belzoni y el atrevido Carter, dos arqueólogos que deciden colaborar tras la
búsqueda de la tumba del desconocido Ramtsis II. Malos malosos que quieren
dominar el mundo, exotismo, bellas mujeres... y homenaje de Chaland a raudales, en un cóctel que no busca más que
lograr la sonrisa del lector. Y la consigue, sobradamente, logrando que le perdonemos muchos de las inconsistencias argumentales o algunos defectos narrativos, quizás por esa mirada del homenaje nostálgico a un autor que muchos amamos profundamente. 




Pocas veces me he sentido tan sorprendido al leer un tebeo
como cuando leí la primera obra de Aurelia Aurita publicada en nuestro país:
Fresa y Chocolate. Una obra de sencillas ambiciones, que argumentalmente no hacía
más que surcar caminos tan trillados como la descripción de un amor, pero que derrochaba
tal cantidad de frescura y desvergüenza que rompía todos los esquemas
preconcebidos que se pudieran tener. Aurita demostraba una sinceridad arrebatadora,
que desarmaba cualquier intento de análisis para convertir la lectura en un
ejercicio de complicidad con la autora, una especie de cita con una amiga a la
que hace tiempo que no vemos y que nos tiene que poner al día de su feliz
encuentro con el amor, con la que compartimos confesiones, que nos hablaba de
su vida sexual de forma explícita, pero sin que en ningún momento sonase pornográfico,
es más, nos lo explicaba como una celebración del amor que nos contagiaba automáticamente
la alegría por la felicidad de nuestra amiga.