¡Ahhhh! ¡La década de los 80! Maravillosa época, en la que los estilos y tendencias se dinamitaban a la velocidad del rayo. Eran años, reconozcámoslo, de cierta histeria cultural, donde lo hortera y lo innovador convivían sin solución de continuidad, pero que algunos no podemos evitar mirar con cariño. Ya se sabe que la adolescencia juega malas pasadas a la memoria posterior. En esto de los tebeos, por estos lares estábamos inmersos en plena época de las revistas, una época idílica que luego resultaría ser más falsa que los duros de a cuatro pesetas (que, por aquellos entonces, todavía pervivían) pero que nos hizo gozar de una diversidad nunca antes vista, conviviendo en los quioscos (porque, sí, se vendían los tebeos en los quioscos, lo de las librerías especializadas era entonces una utopía) desde los experimentos más radicales hasta el género más establecido. Hasta había revistas subvencionadas por las instituciones, oigan.
En el fondo, no hacíamos más que repetir, con bastantes años de retraso, lo que había pasado en los EEUU quince años antes, con el boom de las revistas de Warren y la crisis de las grandes editoriales de superhéroes.
Claro que para los americanos la cosa era ya antigua y, recuperados los bríos de las grandes editoriales como Marvel o DC, incluso se permitían que el tebeo de autor, antaño ajeno a los superhéroes, comenzara a meter su cuña en el género con un Frank Miller pletórico en Daredevil. Hasta tal punto se había revitalizado la industria que incluso las grandes comenzaban a ver cómo pequeñas editoriales comenzaban a hacer la guerra por su cuenta, aprovechando la aparición del mercado de librerías especializadas. Era el tiempo de editoriales como Fantagraphics, First, Eclipse o Pacific, que tomaban la
experiencia del underground y de la autoedición para producir tebeos que buscaban interpretar el género de siempre desde perspectivas muy diferenciadas. Era la época del tebeo de autor.
Jon Sable Freelance, de Mike Grell es el perfecto retrato de esa época. Un tebeo que, industrialmente, es una innovación total (publicado por una editorial minúscula como First Comics, que se permitía publicar personajes de género desde lecturas bien diferenciadas como American Flagg! o Nexus), pero que está anclado estilísticamente en los 70, desde su estética de serie de TV clásica con sus pantalones acampanados, su cuello de cisne vuelto y sus gafas Ray Ban de pera a su estilo gráfico clonado de los tebeos de Neal Adams. Incluso argumentalmente, existen pocas o nulas diferencias entre este personaje y los clásicos de Marvel: un hombre, ex atleta y militar, que ve como su familia es asesinada injustamente y decide dedicarse desde ese momento a perseguir el crimen bajo un antifaz. Eso sí, con matices: como atleta vivió los atentados de Munich; después se establecería en África como guía de safaris, vigilante de la naturaleza y enemigo de los cazadores furtivos. Incluso su
alter ego es el de un intelectual escritor. Bien se podría decir que Jon Sable viene a ser como la versión demócrata del ultrarepublicano Punisher.
Leído veinticinco años después, Jon Sable tiene un cierto olor a naftalina que, lejos de resultar molesto, ayuda a entender todavía mejor un tebeo que intenta compaginar el oficio y el talento del que quiere hacer una historia de aventuras de siempre con la ilusión de saberse rompiendo moldes. Una paradoja que Grell supo resolver para suerte de todos, consiguiendo un
tebeo que tiene ese encanto especial que nos obliga a leer con sonrisa condescendiente, la misma que nos provocan aquellas series de TV que siempre recordaremos (y que, incluso, llegó a protagonizar Jon Sable).
En resumen, un tebeo sólido, sin aspavientos ni florituras, para pasar un buen rato y, de paso, hacer un poco de sana arqueología –reciente- del tebeo. Y, para colmo, con exquisita edición de Norma.
FICHA TÉCNICA
- JON SABLE FREELANCE, de Mike Grell. Norma
Editorial. Prestigio 17x26 cm. 180 págs Color. PVP:16€