En la bibliografía de Frank Miller existen dos obras
especialmente interesantes, generalmente poco destacadas en su producción
global, pero que marcan momentos de transición en los que resulta simplemente
apasionante asistir a la particular metamorfosis creativo-estilística que sufre
el autor. Ronin y Elektra Lives Again son suelen quedar en los últimos puestos
de las ‘ránkings’ de los aficionados, siempre muy por detrás de obras maestras
como Born Again, Daredevil, The Dark Knight, Batman Año Uno u otras más
discutibles como Sin City, DK2 o 300. Sin embargo, las páginas de estas dos
obras nos dicen muchísimo más sobre Miller que todo el resto conjuntamente.
Mientras que los otros tebeos de este autor presentan características
estilísticas sólidamente coherentes, en estas dos asistimos a una rabiosa
experimentación formal, donde es difícil encontrar dos páginas consecutivas
donde se manejen recursos narrativos o gráficos similares. Llega hasta tal
punto la experimentación que el argumento de los tebeos se hace confuso,
incluso muchas veces contradictorio (quizás el caso más claro es Ronin, donde
cambia visiblemente el rumbo de a historia a mitad de la serie), lo que
redunda, con toda probabilidad, en su baja estima por los aficionados. Pero es
precisamente esa inquieta experimentación la que nos revela un autor que, fuera
de consideraciones argumentales e ideológicas posteriores, queda claramente
definido como uno de los grandes renovadores del lenguaje de la historieta.
Si nos centramos en Elektra Lives Again, recientemente
reeditada por Panini, encontramos a un autor que, tras varios años establecido
en un estilo definido que le había proporcionado éxitos indiscutibles como The
Dark Knight o Daredevil, decide jugar con diferentes estéticas y recursos que
había ido atesorando en su continua absorción de influencias. Parte
inicialmente de un cambio radical de formato, probando con el álbum europeo, de
mucho mayor tamaño que el cómic-book, lo que le permite detallar mucho más su
dibujo y jugar con un mayor número de viñetas por página si hubiese necesidad,
pero también detenerse en descriptivas más espectaculares y amplias.
Y, a partir de ahí, la locura.
A medida que avanzan las páginas del álbum, encontramos una
clarísima influencia del Atmósfera Cero de Steranko en la puesta en escena y composición
de muchas de las páginas, que llega incluso al entintado y coloreado, perdiendo
la línea de contorno en algunas páginas, al igual que la famosa obra de
Steranko. Pruebas que están antecediendo, de forma evidente, las planchas que
veríamos posteriormente en 300. Miller ensaya diferentes recursos compositivos
que buscan la exaltación dramática, eje fundamental de su versión de la epopeya
de Leónidas. Pero, paralelamente, ejercita otros recursos, como el radical
contraste de negros y la expresividad de figuras de Sin City, presente en
muchas de las páginas; las composiciones teatrales de las adaptaciones
shakesperianas de Gianni de Lucca (que parece no contentarle, porque apenas
unas páginas después vuelve a ensayar una escena similar, pero evitando la
repetición del personaje sobre la página, centrándose en el uso teatral del
escenario); la narración del género negro, con esa voz en off tan literaria del principio del álbum… Incluso se permite culminar su admiración por el manga con una
escena de pelea en la nieve magistral, desarrollada en 8 planchas que se abren
e inician con una viñeta a toda página y son seguidas de páginas de dos viñetas
únicas, con una coreografía simétrica, centrada en las figuras de Murdock y Elektra.
Cada página del álbum supone una experiencia formal, que van desde el
clasicismo eisneriano a notas europeizantes que recuerdan a Bilal en algunos
momentos (sobretodo en el uso del color como generador de atmósferas, llegando
a usar similares paletas cromáticas en alguna viñeta).
El lector está viviendo el proceso completo de conversión
evolutiva de un autor, tiene asiento de primera fila para comprobar en directo
las pruebas, los errores, los aciertos… Miller no se esconde, es más, se presta
a un ejercicio de catarsis exhibicionista, mostrando sus genialidades, pero
también sus carencias y cómo las va limando, matizando, escondiendo o
eliminando. Desde el punto de vista del aficionado, la lectura de este álbum es
mil veces más rica que la de cualquier otra obra del autor, es una especie de
mirilla por la que podemos descubrir cuál es el proceso que lleva a un autor a
elegir un determinado estilo, a decidir una estructura formal.
Aparentemente, Miller
se olvida por completo de la historia en cierto momento. Pero es que le importa
bien poco que la editorial quiera volver a rentabilizar económicamente a
Elektra con una suculenta resurrección y, desde luego, no se pliega a las
aspiraciones. Lo que parece ser una historia confusa y sin hilo argumental
sigue escondiendo las claves y constantes del autor. Pese a la deriva, pese a
las inconsistencias y los cambios de rumbo, Miller, en el fondo, se centra en
una historia de amor, en una reflexión sobre la compatibilidad de la tarea del
héroe y el amor. Juega con sus dos personajes, transmutándolos, hasta el punto
que existe una evidente feminización física de Murdock a lo largo de la obra,
paralela a la búsqueda de su amor. Una temática que repetirá, en cierta medida,
en Sin City.
Es cierto que, por mucho que yo los justifique, los cambios
estilísticos continuados, la confusión argumental o las experimentaciones
formales sin fin pasan factura en la consideración unitaria del álbum. Pero os
animo a leer Elektra Lives Again con otros ojos, dejando de lado la historia y
atendiendo a una de las investigaciones más apasionantes del arte: la de un
autor en busca de su identidad.
La edición de Panini, impecable.
Elektra lives again, de Frank Miller. Color de Lynn Varley. Panini
Comics. 80 págs. Color. Cartoné. PVP:



Afortunadamente, La Cúpula parece decidida a resolver este
problema. De momento, acaba de publicar la extraordinaria El bulevar de los
sueños rotos, de Kim Deitch, y anuncia para fin de año una de las obras claves
del cómic americano de todos los tiempos: Binky Brown meets the Holy Virgin, de
Justin Green. Dos autores que, además de genialidad, comparten una cierta














Al final, los universos superhéroicos son lo más parecido a
un universo romeriano, donde los muertos se levantan tan campantes, se dan un
garbeo tranquilamente e incluso, si se tercia, vuelven a morir para esperar
otro momento de actividad. El sueño de cualquier sepulturero: muertos
reincidentes.
Curiosamente, su última obra, La guarida del horror, es en
cierta medida una vuelta triunfal a sus orígenes, a esos tiempos de Warren
donde trabajaba con éxito con guionistas como Bruce Jone o Rich Margopoulos.
Corben retoma su pasión por las historias cortas de terror y lo hace nada más y
nada menos que con Edgard Allan Poe, del que ya adaptara en el pasado relatos y
poemas como La Sombra, El retrato oval, El cuervo o La Caída de la Casa Usher.
Acompañado de su buen amigo Margopoulos y con libertad absoluta por parte de la
editorial, Corben se adentra en el mundo de Poe con una mirada a medio camino
entre el respeto reverencial y una fina ironía, reinterpretando los poemas
desde una perspectiva actual. Así, El gusano conquistador se convierte en un
relato de ciencia-ficción, el amante de Berenice transforma su pasión dental
por una verdadera vocación odontológica, Izrafel en un jefe de bandas y el
poema de amor a Eulalia…bueno, mejor que lo leáis. 