Una de las paradojas de nuestro maravilloso mercado del tebeo es que conocemos casi toda la obra de Sfar, David B, Trondheim o Cristophe Blain, que llenemos páginas y páginas sobre la renovación que se ha dado en la última década en la BD francesa y que casi sistemáticamente, olvidemos referenciar a uno de los autores que más han hecho por llevar estos nuevos aires a la historieta de ese país: Edmond Baudoin. Con más de 20 años de obras a sus espaldas, siempre un paso por delante de lo que hacían sus colegas, Baudoin es uno de los máximos representantes de una vanguardia inquieta, que busca nuevos caminos expresivos a través de la historieta. Su influencia es decisiva y es imposible entender a autores como David B o Peeters sin las aportaciones que ha hecho Baudoin: Si Lauzier revolucionaba la historieta en los 70 con una forma realista y comprometida de entender el costumbrismo, Baudoin hace lo propio en los 80 con obras que demuestran la validez de la historieta como vehículo de emotividades y sensaciones.
De su extensa bibliografía tan sólo conocemos en España el espléndido derroche de imaginación que es El Viaje, publicado por la editorial vasca, que vuelve a romper la ignominiosa situación de olvido del autor publicando esa pequeña y emotiva joya que es Piero. Una obra profundamente intimista, en la que el autor cuenta la estrecha relación que mantenía con su hermano (poniendo la primera piedra, indudablemente, de lo que luego sería la magistral La Ascensión del Gran Mal, de David B).
A través de pequeños momentos escogidos, anécdotas apenas importantes centradas en el amor que ambos compartían por el dibujo, Baudoin va construyendo una preciosa y apasionada oda al dibujo, su pasión desmedida. Una pulsión necesaria, obsesiva, que le lleva a interpretar toda la vida según sale de sus lápices. Momentos de emotividad extrema en los que el autor consigue que el lector, apenas por un segundo, consiga conectar con el artista y lograr ver el mundo a través de su mirada, una visión hecha a lápiz, en viñetas que encuadran el universo y lo interpretan de una forma única.
Una bellísima obra, contagiada en todas sus páginas de esa emoción que conmueve y arrastra.
Valoración: (3.5)
Ficha técnica:
- PIERO, de Baudoin. Astiberri Ediciones. Colección: Sillón orejero. Rústica con solapas. 14 x 21 cms. 128 págs. B/N. 12,50 €

Aprovecho la edición en castellano de Desolation Jones, de Warren Ellis y J.H.Williams III (Norma Editorial), para recuperar volver a leer el tebeo y, la verdad, me reafirmo en la reseña que hice en su día. Pese a las buenas críticas y el original punto de partida, el resultado final es bastante decepcionante. Parece ser que Ellis quería escribir alguna historia de Hellblazer, así que, falto de posibilidades por el momento, se ha decidido a crear un personaje que es exactamente un trasunto del amigo Constantine. Un detective, británico por más señas, ex-agente secreto que ha pasado por un ignoto proceso de “desolación” que le confiere una especie de capacidad de “haberlo vivido y estar de vuelta de todo”, se enfrenta a un extraño caso en el que tiene que recuperar unas cintas pornográficas grabadas por Hitler. Un punto de partida, como ya dije, curioso, pero en el que Ellis no profundiza, quedándose en la superficie para recrear esta suerte de mezcla de Constantine y Spider Jerusalem, sin más preocupación que hacer unos diálogos supuestamente zahirientes y originales. A poco que se conozca la trayectoria del escritor, se encontrarán demasiadas conicidiencias con series anteriores, llegando en algunos casos al autoplagio. Eso sí, sobresale y justifica la compra la excepcional labor gráfica de J.H.Williams III, a años luz del guión que ilustra. Planificaciones de página rotundas, transiciones gráficas atrevidas... Se nota que el dibujante ha aprendido de su trabajo con Alan Moore y se esmera en conseguir que el tebeo suba muchos enteros gracias a su labor, mucho más destacable que la de Ellis, demasiado entretenido en provocar bienpensantes mentes republicanas.
Tiempo ha que no me encaraba
con una obra de Taniguchi, por lo que la casi coincidencia de tres de sus obras
en la estantería de las librerías especializadas ha sido un perfecto remedio
para tan desagradable mal. Y de las aparecidas me centro, por recomendaciones,
en el primer volumen de Seton, el naturalista viajero, que narra la historia del pintor y naturalista
la caza de un inteligente lobo que asola las praderas de Currumpaw, en los EE.UU.
Taniguchi ilustra con primor el guión de

Fascinante. No se me ocurre otra para palabra que mejor
pueda resumir las sensaciones y sentimientos que perduran tras cerrar la última
página de Volátil, la última obra de Luis Durán, editada por Edicions de
Ponent. La creación, el proceso creativo y los mecanismos de la fabulación
vuelven a centrar el interés de este autor, continuando en cierta medida ese
camino de exploración que ya iniciara en La ilusión de Overlain, pero
centrándose esta vez en la relación entre autor y obra, en una soberbia lección
sobre la íntima y biunívoca correspondencia que se produce entre ambos. Durán
nos introduce en ese sutil proceso por el cuál los pequeños detalles del día a
día, las anécdotas más anodinas o los sucesos más trascendentales forman parte
del bagaje del escritor, que los absorbe y los procesa para plasmarlos de forma
consciente o no en su obra, pero también en cómo la obra va alimentando al
autor y cambiándole, transformándole según avanza la escritura. El joven
escritor Tobías nos va mostrando cómo crece en su interior la historia del
vikingo Audum, asistiendo a su búsqueda, sus dudas, sus revelaciones… Y Durán,
ya todo un maestro de la narrativa, vuelca todo lo aprendido en sus obras
anteriores para entretejer realidad y ficción en una única tela donde apenas podemos
distinguir las partes, pasando de una a otra con la delicadeza y naturalidad
del vuelo de las libélulas que protagonizan parte de la obra. Impone un ritmo
sobrio y lento, que va meciéndose entre obra y autor como olas, tal cual la
inspiración va y viene, pero acunando al lector en su descubrimiento continuo
de los engranajes de la creación. Los silencios y las elipsis, marca
reconocible de este autor, son más discretos que nunca, apenas esbozados con
miradas. El despliegue simbólico al que nos tiene acostumbrados resiste en su
obra, pero oculto a primera vista, escondido en ligeros esbozos que obligan a
una segunda lectura, atenta ahora a esos pequeños detalles que pudieron escapar
antes, pero que actuaron incisivamente en nuestro subconsciente. Durán ya no precisa de ostentaciones que
demuestren su clase, es capaz ya de llevar al lector como una mano invisible
que pasa las páginas y le va indicando por dónde leer. Deja, sin embargo, un
pequeño espacio a la experimentación narrativa más radical en la ilustración de
un cuento sobre una libélula, en el que nos sorprende con una composición y
puesta en escena bellísima, basada tan sólo en los dibujos de las alas del
insecto. Nervios y formas que se combinan para moldear extrañas figuras, que
recuerdan a las misteriosas e indescifrables runas vikingas con las que Tobías
se inspira.