No voy a ocultar aquí tanto mi querencia por los cuentos clásicos como mi general aversión por las fantasías de capa y espada. Una especie de esquizofrenia particular con la que tengo que convivir como buenamente puedo. Cosas mías, evidentemente, pero que me sitúan ante una difícil dicotomía cuando me enfrento ante obras como Castle Waiting, de Linda Medley. Una obra que parte de donde terminan los cuentos más famosos para desarrollar un universo propio e inconfundible de fantasía, enlazando por tanto mi pasión con mi abominación.
Difícil situación que sólo se consigue eludir de una manera: echándose de cabeza a la piscina y leyendo la obra.
Y oigan, qué gran decisión.
Medley consigue enganchar al lector desde la primera página con una inteligente revisión del cuento de la Bella Durmiente, estrictamente respetuoso con el original, pero que se permite abrir la puerta que quedaba cerrada tras el “y fueron felices y comieron perdices” para plantear qué ocurrió después con los súbditos de la bella moza, que bien que tuvieron que sufrir el centenar de años en brazos de morfeo para luego comprobar como la centenaria jovenzuela se largaba en brazos del primer Príncipe Azul que pasara por el lugar. Un planteamiento que desarrolla con inteligencia, jugando a construir su propio mundo de cuentos usando referentes de todos los conocidos, desde la gallina de los huevos de oro hasta los músicos de Bremen, pasando por Gatos con Botas y demás fauna cuentística, siempre desde el más absoluto respeto, pero con un indudable acierto que no deja de esconder en el fondo destiladas gotas de irreverencia satírica.
No es, desde luego, una fórmula original. El cuento ha sido, es y será usado como referente de nuevas obras porque es la base de la ficción, es el origen de cualquier historia, grabado a fuego en nuestros genes sociales a través de la tradición oral, pero hay que reconocerle a la autora que hacía años que no encontraba una propuesta tan fresca, sugerente y, sobre todo, más allá de la parodia facilona o la reintrerpretación repetida. Si a todo lo dicho le sumamos que la autora goza de un elegante estilo gráfico y una narrativa que sin aspavientos consigue eficazmente su cometido, no me queda más remedio que recomendar efusivamente su lectura. Lo que hago con gusto.
Valoración: (2.5)
(0): Malo, (1): Aprobado, legible. (2): Bien, aspectos interesantes. (3): Notable, interesante.(4): Excelente. Muy bueno. (5): Obra Maestra.
Ficha Técnica: Castle Waiting, de Linda Medley. Norma Editorial. Rústica 15,2x22,9 256 B/N + 8 Color. 15

La obra de Davodeau sólo hace que confirmar la trayectoria de este autor de militancia comprometida, siempre interesado con la utilización del tebeo en historias de denuncia social, en muchos casos relacionados con la lucha sindical. Ahora, con la ayuda de Kris a los guiones, se centra en una película muy especial, la rodada por René Vautier a resultas de la muerte del sindicalista Eduard Mazé durante la revuelta obrera de abril de 1950 en Brest. Una película perdida que actuó como revulsivo de la revuelta, que alzó el poema del mismo nombre de Paul Eluard a la categoría de símbolo máximo de la lucha obrera. Es una dura temática, de resbalosos bordes, en la que resulta muy difícil que el autor pueda lanzar su mensaje sin sucumbir a la tentación de caer en un historicismo exagerado o, peor si cabe, en el manifiesto panfletario. Pero Kris y Davodeau consiguen eludir esos peligros con un planteamiento que se centra en esa película y en su capacidad evocadora, en la fuerza que llega a tener un símbolo de unión. No desdeñan el historicismo ni el panfletarismo, al contrario, los integran como parte de la historia, usándolos en su propio provecho en un arriesgado retruécano, en el que poco a poco uno se integra en el otro y consiguen explicarse mutuamente. Davodeau logra momentos tremendamente emotivos con la simple repetición continuada del poema de Eluard en diferentes pasajes, apostado como una cantinela de fondo que va alzando su volumen, poco a poco, hasta explotar con fuerza como símbolo máximo de la rebelión. La narración de los hechos se va diluyendo hasta que, cuando apenas, nos damos cuenta, estamos asistiendo a un largo plano en el que las imágenes se van agolpando empujadas por los versos del poema. La narración lineal va dejando paso a una composición donde el dibujo y la palabra se han entrecruzado hasta obtener la misma importancia en la página, rompiendo la estructura para atacar con más fuerza al lector. Rompe la frontera de la razón para dirigirse certeramente al corazón, logra que el lector pase de la reflexión a la emotividad, demostrando la fuerza que tiene el símbolo como unificador de ideas. La película de Vautier y el poema de Eluard se transfiguran, dejan de ser sonidos e imágenes para mudar en un signo puro, en un concepto idealista que es admitido por todos como representación de sí mismo, como lugar común.
Sin embargo, Ernie Colon y Sid Jacobson optan por una opción radicalmente distinta. Para poder adaptar el voluminoso informe de la Comisión de Investigación del 11-S optan por usar el lenguaje de la historieta en forma restringida, entremezclando lo que podría denominarse relato ilustrado con la historieta en sí misma, en un juego que busca, fundamentalmente, la claridad expositiva y la riqueza pedagógica. Se puede caer en el reduccionismo de pensar que Colon y Jacobson han hecho una “versión para analfabetos”, en la fácil conclusión de que un tebeo lo leería hasta un niño, pero nada más lejos de la realidad. El objetivo es que cualquiera puede acceder a las áridas conclusiones del informe, no rebajando su rigurosidad o complejidad, sino traduciendo el farragoso lenguaje burocrático original a otro que permita una lectura universal: el de la narración gráfica. No se está haciendo una ficcionalizacion televisiva tan al uso de la masacre del 11-S, sino una rigurosa exposición de los hechos investigados y las contundentes conclusiones de la comisión donde la historieta actúa como altavoz, que permite sintetizar a través de la imagen lo que varias páginas de informe apenas dejan claro. Podremos estar más o menos de acuerdo en las valoraciones de la comisión o en sus conclusiones, pero es innegable que las páginas de “El Informe 11-S” nos trasladan con la perfección su trabajo, dando una imagen perfecta de todos los hechos ocurridos antes y después del atentado, gracias a una labor cuidadosa y meticulosa de los autores que consiguen que no imbuyamos de lo sucedido y de sus consecuencias.
Warren Ellis es un gamberro integral. Le encanta hacer el travieso y comportarse como un niño malo, se le ve a la legua en obras como Transmetropolitan o Authority, donde gusta de reírse provocando al lector con personjes que suelen basarse en lo antisocial, entendido este concepto en una visión reduccionista limitada a que insulta, le gusta el sexo y la violencia. Un planteamiento que puede ser divertido en ciertos momentos pero cuya repetición obliga a pensar más en cierto infantilismo trasnochado e incluso ingenuo. Paradójicamente, el abuso de la provocación simplona no es una muestra de madurez, antes al contrario, es una demostración de comportamiento adolescente que expresa su pretendida edad con actitudes groseras. Una chiquillada, vamos, en la que Ellis no llega a a caer de forma reincidente, pero poco le falta.
Estreno con La Cúpula, que se apunta el tanto de publicar en España Chino Americano, de Gene Luen Yang, un libro que tiene ya el honor de haber logrado ser el primer tebeo en la historia de los EE.UU.





Los tebeos ya no son populares. Por lo menos tal y como se entendía este concepto en los años 50 en este país, con centeneras de colecciones de tebeos en los quioscos. Hoy el tebeo se encuentra resguardado en las librerías especializadas, muy lejos de ese contacto diario con el público. Sin embargo, si existe algo parecido a ese tebeo de consumo masivo de hace unas décadas son los tebeos de Bonelli. Las publicaciones de la editorial italiana tienen ese espíritu de tebeo de usar y tirar, sin más objetivo que conseguir que la gente pase un buen rato. Y lo hacen con tebeos hechos con oficio y calidad, que explotan los viejos recursos del best seller de toda la vida.