Menuda sorpresa la que me he llevado con The Surrogates, de Robert Venditti y Brett Weldele. Pese a que venía avaladas con muy buenas críticas, tenía bastantes prejuicios puestos en esta obra, por aquello de ser etiquetada como “una revolución de la ciencia-ficción”. Una definición que por desgracia cada vez se ve más en el género y suele indicar una falta de ideas apabullante, que olvida que la ciencia-ficción no es el tema, sino la excusa para hablar o reflexionar sobre algo. Vamos, que echaba de menos esas grandes obras de ciencia-ficción que dejan abiertas puertas y permiten al lector pensar libremente.
Pero justamente eso es lo que me he encontrado en The Surrogates. Vaya por delante que no estamos ante ninguna obra maestra, como se ha dicho por ahí, pero apunta unas maneras y unos matices tan interesantes que su lectura se disfruta con fruición, incluso más -me atrevería a decir- si se es aficionado al género. No parte de ideas originales, ya que plantea una mezcla de conceptos de Matrix y Blade Runner, pero sabe mezclarlos con inteligencia y originalidad, creando un cercano futuro en el que las personas pueden elegir vivir su vida real a través de sofisticados robots. Una especie de realidad virtual sin inteligencia, dopplegängers de tornillos y chips que permiten vivir y sentir la vida a distancia, sin los peligros del día a día. Se puede fumar como un cosaco sin miedo al cáncer o que tu émulo sea exactamente la proyección de lo que deseas ser.
Es verdad que Venditti se apoya en una historia rutinaria bastante predecible, contando la investogación policial sobre un misterioso hombre que quiere devolver su humanidad al hombre destruyendo estos "surrogates", pero si nos alejamos de esta historia principal, es tremendamente sugestivo cómo el guionista introduce este mundo donde las reglas sociales han cambiado radicalmente, con consecuencias a todos los niveles. Las relaciones humanas tienen ahora un filtro interpuesto que trastoca las normas, hay contacto físico, es cierto, hay sentimientos y sentidos, pero no hay consecuencias reales. Weldele acompaña con eficacia a Venditti, abusando en exceso de los efectos digitales pero, a cambio, con una sobria narrativa, perfecta para el relato detectivesco planteado.
En resumen: un de esos tebeos que vale la pena leer, trufado de pequeños detalles que demuestran el excelente cuidado que han puesto los autores en la obra, desde los cimientos hasta los “extras” que acompañan el álbum. La edición de Glénat, exquisita.
ACTUALIZACIÓN: Me entero por los comentarios (¡gracias Brainiac!) que Disney ha comprado los derechos para hacer una película, dirigida por Jonathan Mostow, director de terminator 3 y U571.
Ficha técnica: The Surrogates, de Robert Venditti y Brett Weldele. Ediciones Glénat. 208 páginas. Color. PVP:19.95€. Más información, en la web de Glénat.
Enlaces: Preview en la página de Top Shelf (en inglés)

Con ese título y las fechas en las que estamos, estáis esperando que diga algo de 300, la adaptación de la novela gráfica de Frank Miller, ¿verdad?
Reseñaba hace relativamente poco la primera entrega de Pedro el Coatí, de Larcenet y Gaudelett y toca ahora, casi sin tiempo a respirar, hablar de la segunda. Y, revisando aquella, sólo puedo reafirmar todo lo que dije y, si acaso, multiplicarlo. Larcenet le coge el pulso a la serie y Gaudelette perfecciona el ritmo narrativo para rubricar unos excelentes gags visuales que acompañan a los inspirados diálogos. Las historias de este alocado zoo se tiñen además de un puntillo de mala leche, un ingrediente que se echaba de menos en el primer volumen y que resulta perfecto para cuadrar la recomendabilísima receta de esta serie.
Un gran número, que no es en absoluto desmerecido por el
siguiente especial, dedicado al underground. Eso sí, debo decir aquí que, por lo menos
a mi entender, tiene poco de underground. Lo que uno recuerda como
historieta combativa y agresiva aquí es una exquisita selección de los mejores
autores que los fanzines están promocionando, desde Esteban Hernández a Raúl
Ariño (inconmensurable, proclamo, ¡qué historieta más buena!), pasando por
Brais Rodríguez, Miguel Porto, Diego Blanco, Ken Niimura, Daniel García o Rafa
Infante. Autores muy interesantes, que justifican sobradamente la compra de la
revista pero que poco o nada tienen que ver con el espíritu del underground tal
y como lo vivimos en nuestro país. Lo son en tanto en cuanto no siguen las
premisas del sistema establecido y transitan por el mundo del fanzine, pero no
hay en sus historias esa provocación antisistema de los Nazario, Pons, Martí,
Pamiés y demás (aunque quizás, hoy en día, el simple hecho de hcaer historieta en España ya tiene ese punto de antisistema y contracultura). Eso sí, la revista tiene en nómina a dos nombres clave de la
época: Gallardo y Mediavilla, a los que consigue juntar de nuevo en una
historia tan sorprendente como preocupante en algunos aspectos. Otra razón para
comprar la revista.
De Emmanuel Lepage algunos recordarán el divertido vodevil
Alex Clement ha muerto, una obra con una original puesta en escena teatral que
partía de un inspirado guión de Delphine Rieu. Años hace de eso y nada habíamos sabido
del dibujante hasta que Glènat vuelve a apostar por él con la edición del primer
tomo de Muchacho, la contribución que este dibujante ha hecho a la prestigiosa
colección Aire Libre y que llega avalada por excelentes críticas. Dos razones
más que sobradas para acercarse al álbum con buena predisposición aunque debo
reconocer que, por lo menos en mi caso, las expectactivas no han estado a la
altura de los resultados. Lepage traslada la acción de este drama a la
Nicaragua de Somoza, contando la historia de un joven seminarista que llega a
pintar un fresco en la iglesia de una aldea perdida. El punto de partida es lo
suficientemente abierto como para desarrollar cualquier historia, pero por
desgracia Lepage opta por seguir el trillado camino del tópico: el joven
seminarista, hijo de influyentes terratenientes, tendrá que enfrentarse a la
dura realidad de la vida, despertando sus sentidos sexuales y, de paso, políticos. Es cierto que es difícil evadirse de la tentación de esta historia,
pero también es verdad que este argumento se puede contar de muchas maneras,
evitando caer en lo predecible y obvio. Un error que Lepage comete a cada
página, dejando que la historia se le vaya de las manos continuamente, hasta
tal punto que no es necesario pasar la página para adivinar cuál será el
siguiente giro argumental. A su favor hay que presentar un pulcrísimo trabajo
gráfico, documentado, con un exquisito uso de la iluminación, con páginas de
excelente acabado gracias al inteligente uso del color como moderador del ritmo
narrativo. Sin embargo, las bondades artísticas de Lepage no pueden esconder
que el exceso en el guión hace que caiga en el melodramatismo gratuito que
llega a saturar.
¿Cómo publicar una serie con casi cuarenta años de historia, que se ha recopilado en casi 150 tankoubons? Desde luego, con esos antecedentes, todo indicaba que uno de las obras más emblemáticas de toda la historia del manga, Golgo 13, de Takao Saito pasaría a engrosar la lista de ilustres desconocidos para el lector español. Sin embargo, la editorial Glènat ha optado por una excelente solución, editando una selección de las mejores historietas de la serie, siguiendo la votación de los lectores que le hizo en su país de origen.
Ha tardado, pero llega por fin a nuestro país Tres destellos blancos (Ponent Mon), la obra de Bruno LeFloc’h galardonada con el Premio Goscinny en 2004, reconociendo al mejor guión de un debutante. Y no se puede decir que fuera errado el premio, porque Le Floc’h ha plasmado en este álbum una sólida historia que cuenta la difícil tarea que tiene un joven ingeniero construyendo un faro en un pequeño puerto, que choca con el desprecio de los habitantes del pueblo y las duras condiciones naturales del lugar. Le Floc’h no se detiene en alardes especiales, no busca composiciones atrevidas o epatar con arriesgadas transiciones, sino que opta por una sencilla narración lineal y un dibujo sencillo, pero efectivo, que le permite centrarse en desarrollar la personalidad de su protagonista, explorando la transformación que sufre, desde la ilusionada ingenuidad del que se siente superior, pensando que se va a comer el mundo hasta asimilar que el ritmo de las cosas viene impuesto por los imponderables.
Los sucesos de la infancia pueden perseguir nuestra vida, ocultos en algún lugar de nuestro cerebro, agazapados, esperando asaltarnos en el momento menos oportuno. Es una máxima del psicoanálisis bien conocida por cualquiera, pero que no deja de parecernos muchas veces exagerada. “¿Será verdad? A mí me pasó tal trauma de niño y nunca le he dado mayor importancia”, nos decimos siempre con un cierto ánimo de superioridad, de “eso no va conmigo, es cosa de débiles que tienen que ir al loquero”. Pero la realidad es que somos sujetos desarrollados a partir de una historia, que nuestra personalidad es un inmenso puzzle construido con millones de diminutas piezas y que una sola de ellas, la más ignota y olvidada, puede impedir que lleguemos a completarlo.
Las grandes editoriales americanas parecen decididas a cargarse el género de superhéroes a golpe de talonario, confundiendo personajes y series con ristras de longanizas. Marvel y DC se olvidan sistemáticamente de la calidad de las historias y piensan tan sólo en la cuenta de resultados, obviando algo tan simple como que ambos conceptos no es que no sean antónimos, es que pueden ser compatibles. Afortunadamente, hay autores que aportan frescura al género, con historias que recogen la tradición de siempre y la ponen al día con inteligencia y buen hacer. Así, mientras que Marvel se dedica a repetir y repetir hasta la extenuación el origen de Spiderman (ayer al estilo juvenil con la serie Ultimate, hoy al estilo manga con Marvel Age/Tsunami y, dentro de una semana vaya usted a saber...¿Naruto Parker?¿SpiderNaruto?), Robert Kirkman lleva con elegancia y acierto al siglo XXI la tesis de partida del Spiderman de Lee y Ditko. Ha entendido que el acierto en su día de estos dos autores no fue que le picase una araña radiactiva a un joven, sino analizar los problemas existenciales de un adolescente que descubre unos poderes increíbles y lo desplaza de sus compañeros. Hoy es un tema que sigue existiendo, pero no se puede plantear en los términos de 1960. Y ahí es precisamente donde radica el éxito que Kirkman consigue en Invencible, realizando un excelente tebeo de superhéroes. Sabe adentrarse en la mentalidad del adolescente actual y extraer de ahí claves universales, pero con un lenguaje moderno y reconocible, igual que en su día hicieron Lee y Ditko, planteando un héroe con problemas que son plausibles en pleno año 2000. Ya no tiene sentido el adolescente que vive con su tía, sino el que va al instituto, vive con sus padres y no sabe qué va a ser de él el día de mañana. La sociedad ha cambiado y Kirkman sabe mostrar ese cambio, proyectarlo sobre el género y hacer uso de él para hablar de algo tan eterno como los problemas generacionales y la inserción del joven en su entorno. Si además todo eso se adorna con argumentos bien llevados, que juegan con tramas principales y subtramas que saben enganchar al lector en el momento de la lectura y dejarle con el interés suficiente para esperar la siguiente entrega y, por supuesto, con un apartado gráfico a la altura de los guiones, el resultado es obvio: uno de los mejores tebeos de superhéroes que se están publicando ahora.